dissabte, 1 d’abril de 2017

El cólera en el año 1855: el peor brote epidémico que padeció Benilloba

    El cólera, enfermedad muy contagiosa originaria de la India, se caracteriza por vómitos y diarreas acuosas de gran volumen que llevan rápidamente a la muerte por deshidratación. Se contrae al consumir alimentos o beber agua contaminados por la materia fecal de una persona infectada. Esto ocurre con mayor frecuencia durante los meses cálidos en países que carezcan de abastecimiento apropiado de agua y eliminación adecuada de aguas residuales.
    La enfermedad apareció en España en el año 1833 y se propagó rápidamente por toda la península en los años siguientes. En 1855 ya era conocida por toda la zona del Comtat. En Benilloba  en 1854 acabó  con 13 personas. El brote epidémico de 1855 no fue el primero, pero si el peor por su número elevado de victimas en tan poco tiempo.
Aparece el primer caso de cólera en Benilloba el miércoles 8 de agosto de 1855, cuando, Teresa Villanova Bernabeu, una benillobera de 43 años, fallece « con síntomas de cólera morbo según certificación del médico ». El médico, aparentemente, aun no estaba totalmente convencido de su diagnóstico.

         Y no fue hasta el día siguiente cuando se dio a conocer oficialmente la epidemia: un alpargatero de Cocentaina de 36 años, Vicente Carbonell Miralles, murió « de cólera morbo evidente ». Las reacciones de pánico que esto suscitó entre la población no se hizo esperar: Benilloba se aisló de los pueblos vecinos. Este joven fue la única víctima que no era vecina del pueblo.

       En apenas 56 días, es decir en menos de dos meses, la enfermedad, llamada por entonces “cólera morbo asiático” mata en Benilloba a 95 personas (7 veces más que en el año anterior), mayoritariamente hombres (64%) y adultos (71%). La más joven de las víctimas, Antonio Vicente Mullor Ortíz, muerto el 7 de septiembre de 1855, tenía 6 meses y la más anciana, Pascual García, el suegro de Don Onofre Martínez, uno de los cirujanos del pueblo, fallecido el 28 del mismo mes, con 82 años.

      Al principio, los entierros se hacían al día siguiente del fallecimiento. Debido tan a la gran cantidad de muertos y al hecho que en aquellos tiempos todo se tenía que hacer a mano, es muy probable que se mantuvieran fosas en el cementerio a la espera de nuevos cuerpos para taparlas cuando quedaban llenas. La situación empeoró en los primeros días del mes de septiembre con la muerte de uno de los dos enterradores (hubo unos muertos que tuvieron que esperar 5 días antes de poder ser enterrados). Sin embargo, las familias enlutadas parecen estar bastante resignadas (no se notan escenas de pánico en lo que he podido leer); nuestros antepasados sabían muy bien que no podían escaparse; no pienso que lo viviríamos así hoy en día…

     A pesar de todo, el Rector de Benilloba, Don Isidoro Alberola, seguirá cumpliendo su deber pastoral acompañando a las familias enlutadas. Pero es un hombre y su cansancio físico se nota en la redacción de las partidas de defunción en los libros parroquiales, cada vez menos ordenada, deja espacios vacíos para completarlos cuando tenga más tiempo, incluso repite  la partida de defunción  la misma persona  en fechas diferentes, una en septiembre otra en octubre. Hay que decir que el trabajo es excesivo, i el domingo 2 de septiembre llegana fallecer hasta 10 personas en un mismo día.

      En las partidas de defunción, firmaban además del cura, Filomeno Puig, joven acólito y Joaquín Garrigos, sacristán, quienes asustados se encierran en sus casas, dejando esta responsabilidad a los dos enterradores: Joaquín Colomina, sereno del pueblo y Joaquín Ripoll Borrell, viudo y labrador de 67 años que acabará su tarea contrayendo la enfermedad durante el brote epidémico y morirá 5 días después, el 7 de septiembre de 1855, y será enterrado por su compañero de labor...

      En aquellos días van a morir tanto ricos como pobres, labradores como jornaleros, artesanos como obreros, médicos como maestros de escuela. Entre otros desaparecen: Joaquín Lledó Martínez, uno de los molineros de Benilloba; la mujer de Joaquín Monerris, barbero sangrador; la de Joaquín Martínez, uno de los cirujanos del pueblo; los dos maestros de escuela, Don Pedro Picó Catalá y Doña Teresa Tortosa Beltrán junto con su marido, el papelero José Berenguer; Francisco Ripoll, albañil; el hijo del médico del pueblo, Don Pascual García; las mujeres de los dos horneros del pueblo, Francisca María García Jover y Vicenta Garrigos; la viuda del carpintero o la hacendada, Doña María Giner Llandís, natural de Játiva, vecina de Benilloba. El ultimo en morir es Don Ginés Mira Monerris, secretario del Ayuntamiento, el 2 de octubre de 1855 a los 48 años, por el cual se organiza un entierro general “aunque sin haber llevado el cadáver a la iglesia por obedecimiento a una repetida intimación del Alcalde de una Real Orden”.

      Por las mismas razones, los riesgos de contaminación, impiden otorgar testamento ante un escribano. Las victimas no tienen otro remedio que hacerlo en casa ante testigos, principalmente sus familiares o ante el párroco en el momento de confesarse. Este testamento preveía lo que se pagaría por  los derechos funerales y la clase de entierro elegido – Mariana Compañy, de 34 años, pide así “que se vestise su cuerpo cadáver del abito de Santa Ana” -. Los pobres no pagan, son enterrados “Amor Dei”. Unos feligreses se niegan a pagar los derechos funerales de los suyos, pretextando que no son tan acomodados como lo dice el párroco…

      La bisabuela de mi abuelo fue una de las 95 víctimas mencionadas y el recuerdo del brote epidémico del cólera del año 1855 ha quedado vivo en la memoria familiar. Hace unos años, enseñé a mis hijas la Fuente del Progreso y lo que representaba para los ancianos del pueblo, ¿quién sabe lo que guardarán en memoria?

                                                        Olivier Sanz Sauzet

                                                        Nimes.Francia.
                                                          Revista de Festes 2016

Entierro de un labrador en Benilloba
(grabado del artista alcoyano Francisco Laporta Valor, 1877)

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